Ríspides y Risócles son dos viejos filósofos. Con opiniones casi siempre discrepantes, han hecho de la discusión su ejercicio preferido. Ahora jubilados, acostumbran a reunirse en el ágora para debatir sobre los acontecimientos que ocurren en la Acrópolis.

jueves, 12 de febrero de 2015

PROHIBIDOS LOS GRAFFITI




    Con el mal humor que lo caracteriza, a las seis de la tarde Ríspides ya está sentado en la escalinata. Aguarda con impaciencia la llegada del viejo oponente. Agobiado por la canícula, el pensador empina cada tanto un trago de cerveza de su ánfora.
    Minutos más tarde se divisa la silueta de Risócles junto a la fila de álamos.Se aproxima con paso pausado, trayendo una gran sonrisa en el rostro.
—    De qué te estarás riendo, viejo sátrapa…
    Risócles no se inmuta. Llega y se sienta un escalón más abajo, a menos de dos metros.
—    Según papá, el bisabuelo materno era persa, pero nunca llegó a ser gobernador…
—    ¿Y eso qué demonios tiene que ver? —Ríspides echa chispas por los ojos.
—    Como me llamaste “sátrapa”… Pero claro, tu costumbre es utilizar palabras sin tener la menor idea del significado —ahora la sonrisa se le estira de oreja a oreja—. ¿Alguna novedad?
—    Ah, ¿entonces no te enteraste del lío en el Senado?
—    No. ¿Qué pasó?
—    Lo de siempre. Trataron un decreto y lo aprobaron en un santiamén. Ganaron 20 a 8.
—    ¿Veinte? ¿No es que los Acólitos son 21?
—    Sí, pero Patíllocles está de vacaciones en la soleada Regia.
—    ¡Jajaja, son incorregibles! ¿Y qué dispone la nueva ordenanza?
—    Prohíbe los graffiti y las manifestaciones en contra del Déspota; estarán penados con el destierro. 
—    ¡Uh! ¿Y hubo algún orador por la oposición?
—    ¡Qué va, ninguno! Desde que el Déspota les empezó a mandar las inspecciones del Recaudador, todos están metiendo el violín en bolsa.
    Risócles se queda pensativo.
—    ¿Qué estás pensando, se puede saber?
—    En las grandes verdades de muchos dichos populares…
—    ¿Por ejemplo?
—    “Todos tienen algún muerto escondido en el ropero…”
—    Y sí. Por eso el Déspota mantiene tan contentos a los Hoplitas Espiones. Son los que le arman los cartapacios. ¡En qué Acrópolis nos toca vivir, colega! ¡Si esto sigue así, no quiero ni pensar lo que va a ser la política dentro de algunos siglos!
—    ¡Qué calor! ¿Me convidarías un trago de cerveza, Ríspides?
—    …
     Los primeros fulgores del atardecer ya tiñen de rojo las escalinatas, mientras el ágora se va despoblando poco a poco.


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