Ceñudo, Ríspides dibuja figuras geométricas
en el suelo con una rama seca mientras espera a su amigo. Aunque no hay un
horario preciso para el encuentro le fastidia la impuntualidad, que para él,
comienza a perfilarse desde el momento mismo en que llega a las escalinatas.
Poco después lo sorprenden las repentinas
carcajadas de Risócles, apareciendo a sus espaldas en forma silenciosa.
—¡Podría haberte apuñalado sin que
atinaras a defenderte, jajaja!
—¡Bah! No dudo que habrás tenido ganas de
hacerlo más de una vez, cuando te has visto perdido frente a mis argumentos…
—No, no; no es mi manera de resolver los
conflictos, amigo; ni tampoco soy tu Némesis…
—¿Némesis? Ya empezaste a dar cátedra,
Risócles. Petulante y soberbio, como siempre.
—¡Soberbia, petulancia! Esos serían buenos
ejemplos de Hybris, Ríspides. Pero vienen al caso. Hybris y Némesis, la desmesura
y su castigo. El abuso y el puñal. La historia es rica en episodios así. Nuestra
Acrópolis tiene su anecdotario, pero creo que los amigos romanos se llevan los
laureles en este terreno. Ahí está el caso de Nerón, por ejemplo…
Esas introducciones prometían un buen
discurso. Ríspides se acomodó para escuchar.
—¿Estás hablando del emperador?
—Exacto; de Nerón Claudio César Augusto
Germánico, el tirano. ¿Te suena?
—Sí, vagamente; recuerdo haber oído que incendió
la ciudad o algo así.
—Así es, pero ese vendría a ser casi el
final de la historia. Lo interesante es comprender cómo llegó a esa locura y
cuál fue la consecuencia para él.
—Te escucho, don Sabelotodo…
—No, no pienso aburrirte con un relato
histórico, mi querido amigo. Simplemente quiero recordarte que el hombre se
caracterizó por sus abusos de poder. Para él, los que pensaban distinto eran “el
enemigo”, y eso significaba persecuciones y muertes. Los cristianos fueron
víctimas de esta visión tiránica, pero además, no trepidó en cometer otros
crímenes, como mandar a matar a su madre y a su hermanastro.
—¡Me imagino la indignación del pueblo
romano!
—Craso
error, mi amigo. El pueblo estaba muy feliz. Nerón los mantenía muy
entretenidos con comidas y juegos para todos. ¿Te suena?
—¿Juegos para todos?
—Sí. “Panem et circenses”, Ríspides. Pan
y circo, ¿nunca oíste esa expresión? Significa tratar a la gente como vulgar
populacho, distrayéndolos y manteniéndolos en la ignorancia de lo que realmente
sucede con la hacienda pública.
—¿Y nadie protestaba?
—A veces la gente es demasiado tolerante,
y sólo reacciona cuando las cosas pasan de castaño oscuro. Eso, en el caso de
Nerón, sucedió cuando su soberbia lo llevó a poner a Roma en llamas…
—Pero, ¿por qué hizo semejante locura?
—Algunos dicen que lo hizo porque se le
antojó que quería diseñar una nueva ciudad, tomando como modelo nuestra
arquitectura griega. Otros, porque sencillamente ya estaba loco de poder. Pero ojo,
no tanto como para asumir la responsabilidad. Por supuesto que la culpa de
todos los desastres la tenía “el enemigo”, que en su concepto eran los
cristianos. Por eso los culpó y los mandó a torturar. Esas fueron las peores manifestaciones
de su Hybris, Ríspides, ¿lo ves?
—Sí, claro. ¿Y cuál fue su Némesis?
—La indignación popular, Ríspides. Harto
de sus crímenes, el pueblo comenzó a rebelarse. Nerón huyó, pero cuando vio que
sería capturado, se hizo apuñalar por un sirviente.
—Una tardía muestra de arrepentimiento,
¿no?
—¿Arrepentimiento? ¡No me hagas reír, por
favor! La soberbia y la petulancia son ciegas, mi querido amigo. Y si no, basta
con recordar cuáles fueron sus últimas palabras…
—¿Cuáles?
—“¡Qué gran artista muere conmigo”!
—¿En serio, Risócles?
—Ni más ni menos, Ríspides.
—Hybris y Némesis. La desmesura y la
venganza. Mirá vos… Qué lo parió.
***

