Ríspides y Risócles son dos viejos filósofos. Con opiniones casi siempre discrepantes, han hecho de la discusión su ejercicio preferido. Ahora jubilados, acostumbran a reunirse en el ágora para debatir sobre los acontecimientos que ocurren en la Acrópolis.

domingo, 22 de febrero de 2015

HYBRIS Y NÉMESIS




        Ceñudo, Ríspides dibuja figuras geométricas en el suelo con una rama seca mientras espera a su amigo. Aunque no hay un horario preciso para el encuentro le fastidia la impuntualidad, que para él, comienza a perfilarse desde el momento mismo en que llega a las escalinatas.
     Poco después lo sorprenden las repentinas carcajadas de Risócles, apareciendo a sus espaldas en forma silenciosa.
     —¡Podría haberte apuñalado sin que atinaras a defenderte, jajaja!
     —¡Bah! No dudo que habrás tenido ganas de hacerlo más de una vez, cuando te has visto perdido frente a mis argumentos…
     —No, no; no es mi manera de resolver los conflictos, amigo; ni tampoco soy tu Némesis…
     —¿Némesis? Ya empezaste a dar cátedra, Risócles. Petulante y soberbio, como siempre.
     —¡Soberbia, petulancia! Esos serían buenos ejemplos de Hybris, Ríspides. Pero vienen al caso. Hybris y Némesis, la desmesura y su castigo. El abuso y el puñal. La historia es rica en episodios así. Nuestra Acrópolis tiene su anecdotario, pero creo que los amigos romanos se llevan los laureles en este terreno. Ahí está el caso de Nerón, por ejemplo…
     Esas introducciones prometían un buen discurso. Ríspides se acomodó para escuchar.
     —¿Estás hablando del emperador?
     —Exacto; de Nerón Claudio César Augusto Germánico, el tirano. ¿Te suena?
     —Sí, vagamente; recuerdo haber oído que incendió la ciudad o algo así.
    —Así es, pero ese vendría a ser casi el final de la historia. Lo interesante es comprender cómo llegó a esa locura y cuál fue la consecuencia para él. 
      —Te escucho, don Sabelotodo…
      —No, no pienso aburrirte con un relato histórico, mi querido amigo. Simplemente quiero recordarte que el hombre se caracterizó por sus abusos de poder. Para él, los que pensaban distinto eran “el enemigo”, y eso significaba persecuciones y muertes. Los cristianos fueron víctimas de esta visión tiránica, pero además, no trepidó en cometer otros crímenes, como mandar a matar a su madre y a su hermanastro.
      —¡Me imagino la indignación del pueblo romano!
      —Craso error, mi amigo. El pueblo estaba muy feliz. Nerón los mantenía muy entretenidos con comidas y juegos para todos. ¿Te suena?
      —¿Juegos para todos?
      —Sí. “Panem et circenses”, Ríspides. Pan y circo, ¿nunca oíste esa expresión? Significa tratar a la gente como vulgar populacho, distrayéndolos y manteniéndolos en la ignorancia de lo que realmente sucede con la hacienda pública.
      —¿Y nadie protestaba?
      —A veces la gente es demasiado tolerante, y sólo reacciona cuando las cosas pasan de castaño oscuro. Eso, en el caso de Nerón, sucedió cuando su soberbia lo llevó a poner a Roma en llamas…
      —Pero, ¿por qué hizo semejante locura?
      —Algunos dicen que lo hizo porque se le antojó que quería diseñar una nueva ciudad, tomando como modelo nuestra arquitectura griega. Otros, porque sencillamente ya estaba loco de poder. Pero ojo, no tanto como para asumir la responsabilidad. Por supuesto que la culpa de todos los desastres la tenía “el enemigo”, que en su concepto eran los cristianos. Por eso los culpó y los mandó a torturar. Esas fueron las peores manifestaciones de su Hybris, Ríspides, ¿lo ves?
      —Sí, claro. ¿Y cuál fue su Némesis?
      —La indignación popular, Ríspides. Harto de sus crímenes, el pueblo comenzó a rebelarse. Nerón huyó, pero cuando vio que sería capturado, se hizo apuñalar por un sirviente.
      —Una tardía muestra de arrepentimiento, ¿no?
     —¿Arrepentimiento? ¡No me hagas reír, por favor! La soberbia y la petulancia son ciegas, mi querido amigo. Y si no, basta con recordar cuáles fueron sus últimas palabras…
     —¿Cuáles?
     —“¡Qué gran artista muere conmigo”!
     —¿En serio, Risócles?
    —Ni más ni menos, Ríspides.
    —Hybris y Némesis. La desmesura y la venganza. Mirá vos… Qué lo parió.
                                                            ***


     

jueves, 12 de febrero de 2015

PROHIBIDOS LOS GRAFFITI




    Con el mal humor que lo caracteriza, a las seis de la tarde Ríspides ya está sentado en la escalinata. Aguarda con impaciencia la llegada del viejo oponente. Agobiado por la canícula, el pensador empina cada tanto un trago de cerveza de su ánfora.
    Minutos más tarde se divisa la silueta de Risócles junto a la fila de álamos.Se aproxima con paso pausado, trayendo una gran sonrisa en el rostro.
—    De qué te estarás riendo, viejo sátrapa…
    Risócles no se inmuta. Llega y se sienta un escalón más abajo, a menos de dos metros.
—    Según papá, el bisabuelo materno era persa, pero nunca llegó a ser gobernador…
—    ¿Y eso qué demonios tiene que ver? —Ríspides echa chispas por los ojos.
—    Como me llamaste “sátrapa”… Pero claro, tu costumbre es utilizar palabras sin tener la menor idea del significado —ahora la sonrisa se le estira de oreja a oreja—. ¿Alguna novedad?
—    Ah, ¿entonces no te enteraste del lío en el Senado?
—    No. ¿Qué pasó?
—    Lo de siempre. Trataron un decreto y lo aprobaron en un santiamén. Ganaron 20 a 8.
—    ¿Veinte? ¿No es que los Acólitos son 21?
—    Sí, pero Patíllocles está de vacaciones en la soleada Regia.
—    ¡Jajaja, son incorregibles! ¿Y qué dispone la nueva ordenanza?
—    Prohíbe los graffiti y las manifestaciones en contra del Déspota; estarán penados con el destierro. 
—    ¡Uh! ¿Y hubo algún orador por la oposición?
—    ¡Qué va, ninguno! Desde que el Déspota les empezó a mandar las inspecciones del Recaudador, todos están metiendo el violín en bolsa.
    Risócles se queda pensativo.
—    ¿Qué estás pensando, se puede saber?
—    En las grandes verdades de muchos dichos populares…
—    ¿Por ejemplo?
—    “Todos tienen algún muerto escondido en el ropero…”
—    Y sí. Por eso el Déspota mantiene tan contentos a los Hoplitas Espiones. Son los que le arman los cartapacios. ¡En qué Acrópolis nos toca vivir, colega! ¡Si esto sigue así, no quiero ni pensar lo que va a ser la política dentro de algunos siglos!
—    ¡Qué calor! ¿Me convidarías un trago de cerveza, Ríspides?
—    …
     Los primeros fulgores del atardecer ya tiñen de rojo las escalinatas, mientras el ágora se va despoblando poco a poco.